La evolución del rol de la mujer en la sociedad colombiana


En Colombia, desde los años treinta del siglo pasado, el rol de la mujer ha ido evidenciando una notable transformación en diferentes aspectos de índole social, político y cultural. A comienzos de siglo XX, aún se tenía la percepción de que la mujer, únicamente, tenía como principal objetivo procrear y hacerse cargo de sus hijos; prácticas que tradicionalmente se habían consolidado en Colombia desde el periodo de la colonia y que perduraron en el pensamiento colectivo de las personas por más de trescientos años. 


Actualmente, y a raíz de una serie de hechos y transformaciones socioculturales, se le ha permitido a la mujer convertirse en protagonista del cambio social a través de su participación activa en diversos ámbitos. Varios autores han publicado una serie de libros y/o artículos que tratan acerca del tema, algunos de ellos serán citados para sustentar los argumentos que se presentan en el ensayo, pero principalmente se tomará como referente el texto elaborado por la escuela del servicio social: “Cartilla del Hogar Modelo Obrero”. Por otro lado, las ideas que darán forma al texto se presentarán de manera cronológica, partiendo del rol que venía desempeñando la mujer hasta los años treinta, seguido de reformas, que introdujeron y fortalecieron el rol del género femenino en la sociedad, a su vez que se avanzaba en la protección de sus derechos.




Desde comienzos de los años treinta del siglo XX, se reforzó la idea que tenía el pueblo colombiano de que la función femenina por excelencia, era hacerse cargo del hogar, cumplir actividades netamente relacionadas con la maternidad y estar siempre al cuidado y disposición del hombre que fuese responsable de ella, ya fuera este su padre, hermano o esposo. Paralelo a ello, con el crecimiento económico que se venía dando en el país en ese momento, el rol del hombre se concentró en el trabajo, en la mano de obra, ser hombre era sinónimo de producción, razón por lo cual, este no tenía tiempo de encargarse ni de su mujer, ni de sus hijos, mucho menos de las labores del hogar, su única función era llevar dinero a la casa para poder suplir las necesidades básicas de su familia. Sin embargo, “las necesidades de una sociedad burguesa en camino hacia la modernización, requerían que la mujer asumiera tareas prácticas y eficaces.” (Reyes, C. 1995). Fue aquí cuando empezaron las primeras reformas que buscaban integrar paulatinamente a la mujer dentro de la sociedad.


La iglesia fue pionera en la búsqueda de estas reformas sociales que empezarían a empoderar a las mujeres; a pesar de que, en principio, fue el clero, quien le asignara la tarea de educar a sus hijos en valores católicos, acompañados de principios como el trabajo, la responsabilidad, el ahorro y la limpieza: fundamentales para el buen funcionamiento del hogar. Esto fue posible gracias a la creación de manuales que abarcaban temas como higiene y pedagogía, entre otros y que, además, circulaban por el territorio nacional a comienzos del siglo XX y eran de fácil acceso a la población. Este es el caso de la cartilla del “Modelo Hogar Obrero” donde se hizo muy explícita esta información, el objetivo era que lo indicado allí, se convirtiera en fundamento y quedara muy claro en la memoria de la mujer hogareña, para que esta, lo pudiera aplicar en su cotidianidad. A continuación, un pequeño fragmento del tipo de contenido que se encontraba en la cartilla: “Obrera, lo único verdaderamente suyo es su casa… hágala buena para que sus hijos sean buenos, ennoblezca su hogar con el ejemplo y la enseñanza” (Escuela del servicio social, 1938, p.5). Podemos evidenciar que, efectivamente, se promulgaban los valores para fomentar la integridad moral en todos los miembros de la familia, principio fundamental para la iglesia católica.




A medida que avanzaba el siglo, algunas mujeres de la elite empezaron a estudiar, muchas de ellas en el exterior, lo cual les permitió entrar en contacto con publicaciones europeas y enriquecer mucho su pensamiento mediante la lectura de nuevas ideas que hasta ese momento eran desconocidas en Colombia y prácticamente en casi toda américa latina. Esto conllevó a que las pocas mujeres educadas empezaran a adoptar nuevas actitudes y comportamientos que se alejaban del ideal femenino que se tenía en nuestro país y en muchos lugares de Latinoamérica. Esto, sin duda, produjo fuertes oleadas feministas que se hicieron presentes en muchos países de Suramérica, en el caso colombiano particularmente, las mujeres comenzaron a protestar contra al pensamiento político, social y económico hegemónico de la época, por medio de movimientos sociales feministas que buscaban un mismo objetivo, exigir cambios sustanciales en términos de derechos y políticas públicas. Las mujeres “estaban redefiniendo y transformando su papel doméstico” (they were redefining and transforming their domestic role) (Safa, 1990 p. 355) y sabían que para lograr su objetivo tenían que trabajar unidas, fue así como mujeres de la elite, como María Cano, promovieron estos ideales en mujeres obreras de clases más bajas, motivando la lucha por un mismo ideal. 


Las primeras marchas y protestas que trajeron consigo las oleadas feministas de los años treinta e inicio de los cuarenta no fueron del todo exitosas, y no fueron tan contundentes como las de finales de siglo (ochentas y noventas) pues, en primer lugar, no se reconoció la participación política a las mujeres mediante su derecho a votar (el cual llegaría hasta la década de los cincuenta) entre otras cosas. Sin embargo, no todo fue un fracaso; con la llegada de Alfonso López Pumarejo a la presidencia de la república entre 1934-1938, se empezó a generar en Colombia un pensamiento de igualdad de oportunidades y desarrollo individual para todos y todas, sin ningún tipo de discriminación. Por ejemplo, fue en esta época cuando las mujeres (ya no solo las de la elite) empezaron a tener acceso a la educación superior, especialmente porque el gobierno, al reorganizar la universidad nacional, decretó que todas las mujeres, sin importar su estatus social, también podían asistir a la universidad, al principio, fueron pocas quienes logaron estudiar, pero esto se puede considerar como el comienzo del cambio que tanto habían exigido las mujeres. Además, cabe resaltar que “la educación desempeña un papel muy importante en el progreso de la equidad de género, en especial, en América Latina y otras regiones del mundo” (Ávila Aponte R, y Corvalán M, p. 97) y el aporte femenino en la educación ha sido fundamental a lo largo de nuestra historia. 





Sin embargo, involucrar a la población femenina de cualquier clase social en temas relacionados con la participación política, la educación y otros aspectos relevantes a nivel social, no fue visto únicamente como algo optimista, que traía ventajas y generaba cambios positivos, también trajo consecuencias y efectos negativos que perjudicaron a muchos ciudadanos, un ejemplo de esto, es la llegada masiva de mujeres campesinas a las poblaciones urbanas durante las primeras décadas del siglo XX, lo cual trajo un aumento demográfico enorme en las ciudades capitales, lo que a su vez produjo inconvenientes que inclusive hoy en día seguimos viendo y que no hemos podido solucionar,  problemas de sobre población, falta de empleo y dificultades de transporte entre otros. “Muchas de estas migrantes fueron mujeres solas que no encontraban ninguna actividad productiva dentro de la pequeña propiedad campesina o en las grandes haciendas” (Reyes, C. 1995). y aprovecharon las reformas que impulsaban el trabajo de las mujeres fuera del campo, buscando oficios en la ciudad, especialmente en fábricas textiles o en talleres dedicados a la manufactura. Sin embargo, “una parte de las mujeres trabajadoras no pudieron construir espacios de trabajo distintos al familiar, porque continuaron cautivas del patriarcalismo reinante en los espacios cotidianos” (Villareal N, Historia, género y política, p.75). Aunque había sectores de la política a favor de la participación en el ámbito laboral ajeno al hogar, fue muy difícil romper con ese sistema tradicional que inclusive aún se conserva en muchas regiones del territorio nacional y que han sido fuertemente asociadas con la religión católica y el conservatismo.


Es notorio que el rol de la mujer ha tenido cambios importantes a nivel social y ha logrado eliminar ciertos pensamientos tradicionales que, entendidos desde el contexto histórico de los años cuarenta del siglo XX, eran muy normales en las familias, especialmente de sectores rurales. En la Cartilla del Hogar Modelo Obrero se hace evidente que hombres y mujeres tenían labores muy distintas. Al leer la fuente, se infiere que era prácticamente imposible imaginar que en alguna época de nuestra historia esos roles llegaran a variar o que incluso ambos géneros compartieran y adquieran nuevas labores. Al observar los sucesos que se hicieron presentes a lo largo de todo el siglo XX, se puede evidenciar que, en efecto, la división de roles entre hombres y mujeres responde a un problema social y que, aunque hoy en día, en algunos contextos, dicha división sigue existiendo, es pertinente mencionar que tanto hombres como mujeres han trabajado en conjunto, para intentar reducir al máximo la discriminación por cuestiones de género. 





REFERENCIAS:


-Villareal, Norma. 1994. HISTORIA, GÉNERO Y POLÍTICA. Movimiento de mujeres y participación política en Colombia 1930-1991. Barcelona: Edición del Seminario Interdisciplinar Mujeres y Sociedad.


-Escuela de Servicio Social, Cartilla del Hogar Modelo Obrero (Bogotá: Imprenta Municipal, 1938). 

-Safa, Helen. “Women's Social Movements in Latin America”. Gender and Society, Vol. 4, No. 3, (1990): 354 – 3369. 


-Ávila Aponte, Rosa y María Isabel Corvalán Bustos. 2016. La educación y la equidad de género. Limitaciones y alcances. Bogotá: Siglo del hombre editores.


-Reyes Cárdenas, Catalina. 1995. Colección: 
Vida social y costumbres en la historia de ColombiaCredencial Historia. En Credencial Historia.



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